Al Súper, mejor en invierno

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por Claudia, la profe | Diciembre 2021

Con mucha emoción por retomar viejas actividades que por un buen tiempo y por causas que no quiero mencionar había abandonado, me preparé para ir al súper. Pero al grande, no al del barrio. Bolsas varias…  barbijo… tarjeta de crédito, de débito, efectivo, celu con aplicación Billetera Santa Fe… todas las opciones – por si acaso, nunca se sabe con qué terminás pagando… Más vale prevenir que curar. Y hasta remera de manga corta y no musculosa, a pesar del calor reinante, pues en los súper hay sectores – sobre todo el de alimentos congelados- donde suelo pasar frío aún en pleno verano. Y así me lancé a recuperar ese espacio perdido. 

Transité, orgullosa con mi carro, por las góndolas en busca no sólo de productos alimenticios y de limpieza, sino también de precios. Pero no en el sentido figurado de buscar buenos precios. No, no… en la mayoría de los casos no figuraban los precios. Y así comenzó mi primer contacto con cuanto empleado repositor había pues ellos siempre te resuelven ese “olvido” de las empresas. Cabe aclarar que ese súper quizá tenga algunos aparatos para ver el precio pero para que se den una idea, para conocer el precio del shampoo me indicaron que el aparato más próximo estaba en la zona whiskys. Y no tuve ganas de ir hasta allí… y eso que esto pasó al comienzo, cuando yo aún estaba fresquita –cuerpo y mente.

Pero no nos vayamos del tema. No había refrigeración o, si la había, ésta estaría pasando por un período de timidez extrema. Comencé a sentir que el cuerpo me pesaba, más que el chango. Y que cada vez me costaba más ver con claridad fechas de vencimiento. Pero no me explicaba qué era lo que me pasaba pues recordé que hacía poco tiempo había tenido control con el oftalmólogo. “Su visión está perfecta”, me había dicho. Y en ese momento descubrí el motivo de semejante impedimento… El calor del súper era tan notable que percibí que, al agachar la cabeza para mirar las fechas, unas gotitas de sudor se deslizaban hacia el producto en cuestión. Y entre letras y números pequeños y gotitas juguetonas resultaba imposible ver con claridad.

Pregunté a uno de los tantos repositores – ya a esa altura los veía en blanco y negro, entre mi mente que se iba achicharrando por efecto del calor y ellos, quienes se veían cada vez más demacrados- si funcionaba el aire. A lo que respondió que “se suponía que sí pero que si yo quería presentar una queja, que lo hiciera, por favor, por el bien de los empleados”. Esta frase algún ruido me hizo en el cerebro pero yo, a esa altura, estaba en modo huida- como se diría modernamente y  me dediqué a buscar la salida, bueno en realidad lo que buscaba era aire respirable. Con las escasas reservas de oxígeno que tenía llegué a la entrada del local. Se nota que alguna brisa que provenía del exterior me llegó al cerebro y me hizo ver los semblantes fuera de foco de las cajeras, tan demacradas como sus compañeros repositores. Entonces, en un rapto de lucidez, solicité hablar con un gerente.

Qué ingenuidad la mía… pretender encontrar a un gerente o algo así en un ámbito laboral privado. ¿No les pasó alguna vez que al querer hacer un reclamo, presencialmente o por teléfono, piden por un gerente o supervisor porque quien los está atendiendo no les puede resolver el problema y no hay gerente ni supervisor? Ahora, a la distancia, lo pienso bien y me cierra ese desprecio hacia la administración pública que muchas personas del ámbito privado manifiestan. Claro, la gran crítica a lo público es que “sobran empleados”. Quizá sobren, no lo sé con certeza, pero lo que sí sé es que en la administración pública, con burocracia o sin ella,  si pedís por un jefe te va a recibir y rara vez te van a dejar “de dorapa” con tu reclamo.

Volviendo al súper, tuve que hacer uso de mi creatividad, de la escasa que el calor me permitía, para llamar la atención del personal de seguridad, etc y para que, finalmente, descendiera de una “pecera” del primer piso -obviamente refrigerada- alguien que no estaba ni demacrado ni en blanco y negro. Quien fresquito con cara de póker expresó el largo nombre de su función en la empresa, pero yo a esa altura ya no podía retener tanto título. (¿Notaron que ahora los nombres de los cargos, en el ámbito que sea, son larguísimos?)  Ese alguien, sin signos ni de puntuación ni de entonación, me recitó que “estaban al tanto de lo que estaba sucediendo con la refrigeración que ya habían cambiado de empresa para solucionarlo y que me pedía disculpas”. Escasa coincidencia con la versión de algunos empleados quienes manifestaron que el problema era de larga data. Por otro lado, los que merecían disculpas también y sobre todo eran los empleados.

Paso siguiente, dejé el chango cargado de mercadería y me retiré. Muy apenada por haberle endosado a algún empleado demacrado la restitución de dicha mercadería a las góndolas. Y me fui del súper. Privilegio que, por lo que pude observar, sus empleados no tienen. Ellos y ellas habrán continuado con su trabajo en pésimas condiciones ambientales. Y ahora, a la distancia, pienso en ese proyecto de prácticas laborales en empresas privadas para  alumnos  de la Ciudad de Buenos Aires. Pensé que si este destrato se le hace a los empleados, qué no se le hará a los adolescentes sin ningún contrato laboral de por medio.

Y  para terminar, amplío el título… “Al Súper MICROPACK de Rosario, de Av de Circunvalación,  mejor en invierno.” O nunca.


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