Cantos al atardecer

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por Claudia, la profe

Desde hace algunas semanas –pocas, nunca se sabe cuántas con precisión- entre las 19.30 y las 20 escucho canciones acompañadas de palmas. Al comienzo pensé que se trataba de algo deportivo pero no, porque era un cántico demasiado tranquilo y además, por razones que mejor no mencionar, eso sería imposible en este momento. Y pasaron los días. Y las semanas. Y el ritual de las 19.30 se repitió cada día. No hacía falta mirar la hora porque ese reloj del atardecer era muy preciso. Me esforcé en prestar atención al contenido de esos cantos. Pero resultó imposible. Sólo llegaban a mis oídos voces musicales masculinas unidas por el acompañamiento de palmas. Pero no a modo de aplausos, sino como palmas que oficiaban de música. Y me intrigaba conocer su lugar de procedencia. Alguien me dijo que eran los presos de la Comisaría que está a la vuelta de mi casa. Y me alegró pensar que el canto pueda ser tan útil y pueda acompañar. Ellos- desde su encierro- unidos por sus voces y sus palmas. Y yo, desde el mío, recibiendo esa compañía cada atardecer.

Hace 2 días que no los escucho. Algo falta entre las 19.30 y las 20. Espero que esa ausencia sin aviso se deba a que los dueños de esas voces hayan sido trasladados a otro destino. Espero que nadie haya prohibido el canto. Porque el canto une. El canto libera. El canto acompaña. Y hoy más que nunca lo precisamos cerca.


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