Cuarentena y medio ambiente

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por Edgardo Urraco

El periodista chileno Luis Müller escribió en la revista Geo, que un día el cielo sobre la ciudad de México se obscureció; una densa y gigantesca nube gris cargada con plomo, azufre, dióxido de carbono y otros contaminantes producidos por el hombre cubrió la ciudad. En el bosque de Chapultepec los pájaros dejaron de cantar y muchos murieron asfixiados; en tanto en los jardines aparecieron muchos pajaritos muertos. Ese día fue el 27 de enero de 1987; la ciudad rodeada de montañas, sufrió una inversión térmica que concentró una fantástica y peligrosa cantidad de metales, bacterias y restos químicos, trasformando la luz solar y la escasa densidad del aire en un smog fotoquímico particularmente tóxico.

Quiero agregar a lo mencionado por Luis Müller, que en una inversión térmica a medida que se sube en la atmósfera, el aire se torna más caliente en vez de más frío; lo que hace que el smog reinante no pueda elevarse y se mantenga cerca del suelo, con el consecuente peligro para la salud de los seres vivos. El smog fotoquímico se produce por la interacción del ozono con la luz solar. Si bien el ozono en la estratosfera protege a la tierra de los rayos ultravioletas, cerca del suelo es perjudicial y aparece por la emisión de los motores de combustión interna y la presencia de compuestos como disolventes y pinturas.

“La primera maravilla de esta ciudad es que sigamos viviendo con el grado de contaminación que existe”, dijo irónicamente el poeta y ecologista mexicano Homero Aridjis, fundador del “Grupo de los Cien”, un movimiento formado en 1985 por escritores, artistas y científicos que publicaron el siguiente manifiesto: “La ciudad de México ha llegado a un grado de contaminación atmosférica del 97.5 %; al llegar al 100 % la vida humana termina; ¡tenemos derecho a vivir! La populosa capital que cuenta con diecinueve millones de habitantes debiera tener treinta y cinco millones a principios del siglo 21, pero habrá muerto para entonces de continuar este grado de contaminación. Está al borde del suicidio y por ahora sigue subsistiendo pero la cuenta regresiva ya comenzó. Con la construcción de los “ejes viales” que son largas y rápidas avenidas, la capital mexicana perdió sus árboles centenarios; los niños ofrecieron una flor por cada árbol condenado a muerte: Pero nadie les hizo caso y hoy la ciudad parece un enorme callejón sin salida bloqueada por la refinería “18 de marzo” y por automóviles, colectivos y camiones que conforman un importante polo de contaminación ambiental. Sin salida porque hay ciento cincuenta empresas consideradas altamente contaminantes; sin salida por las varias toneladas de basura que se producen diariamente, quedando algunas de ellas sin ser recogidas.

La Secretaría del Medio Ambiente del Distrito Federal se hizo eco de la advertencia; tomó importantes medidas y actualmente ha mejorado la situación.

En Rosario aún tenemos la salida despejada.
Mirémonos en el espejo mexicano y tratemos de no cometer sus errores; nuestra ciudad es grande pero no tanto; creo que todavía estamos a tiempo de rescatarla de una gran contaminación; sus campos no lejanos, su río (hoy en bajante) y nuestra inteligencia, pueden hacer de Rosario definitivamente, como reza el conocido eslogan, el mejor lugar para vivir; algo que también podrían decir y tal vez más justificadamente… la vecina ciudad de Granadero Baigorria.

La inteligencia entre otras cuestiones consiste en tomar debida nota de las enseñanzas. Y en materia de medio ambiente, la cuarentena que nos impuso el letal Covid-19, demostró, o mejor dicho confirmó algo que ya se conoce pero al que irresponsablemente no se le presta atención. En efecto; el arroyo Ludueña que habitualmente está contaminado por los desperdicios y efluentes que son arrojados a su cauce aguas arriba, allá por abril se presentaba cristalino y era posible visualizar el discurrir de los peces. En tanto, la colombiana bahía de Cartagena había recuperado su bello color turquesa debido a la total suspensión de la actividad náutica. Lo mismo estaba sucediendo con los canales venecianos que se mostraban con cierta transpariencia. Como lógica consecuencia de la gran disminución del tránsito automotor, el aire se tornó más respirable; mientras la significativa reducción del movimiento industrial disminuyó los gases de efecto invernadero. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido de nitrógeno (NO2) bajaron por entonces su incidencia desfavorable que propicia el cambio climático. El CO2 permanece por siglos en la atmósfera, de donde se infiere que una actividad menos agresiva de la industria y de los motores de vehículos que en un futuro no muy lejano tendrían que funcionar electricamente, debiera sostenerse sin declinación.

No conozco los parámetros actuales sobre la contaminación mundial. Por su parte, los ambientalistas opinan que una vez dominado el Covid-19, en procura de recuperar lo antes posible los millones de dólares perdidos, la industria y el comercio emprenderán una intensa actividad que en poco tiempo anulará la pequeña mejora detectada en su momento por las estaciones de monitoreo de la OMM; lo que lamentablemente, demostraría que nada se aprendió sobre la cuarentena y el medio ambiente.


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