La Guerra de los Mundos. Un clásico inmortal

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por: J. Farías

Todos los géneros tienen ciertas obras que son consideradas “fundacionales” y ciertos autores que son considerados como pioneros. En uno tan amplio como la ciencia ficción, abundan los ejemplos. Determinar cuál fue la primera obra de fantasía científica es muy difícil: hay quien mencionará Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Otro dirá que Historia cómica de los estados e imperios del Sol, de Cyrano de Bergerac o Una historia verdadera, de Luciano de Samosata son anteriores… pero definitivamente hay dos nombres que siempre se mencionarán: el del francés Jules Verne (1828 – 1905) y el del británico Herbert George Wells (1866 – 1946). Ambos escritores hicieron escuela, tratando en sus historias la mayoría de los temas que posteriormente se convertirían en tópicos recurrentes de la moderna ciencia ficción: la conquista del espacio, los viajes en el tiempo, las civilizaciones perdidas… y por supuesto… las invasiones extraterrestres.

LA LLEGADA
Si pensamos en una invasión a La Tierra, sin duda La guerra de los mundos será uno de los primeros ejemplos que nos vengan a la mente. Se publicó por primera vez en 1898, si bien se desconoce la fecha exacta y ha sido llevada al cine y la televisión innumerables veces, aunque quizás su versión más reconocida sea la radial. Y es que, en 1938, un jovencísimo Orson Welles (el creador de Ciudadano Kane contaba entonces con tan solo 23 años) produjo una adaptación en forma de radioteatro que sembró el pánico en los Estados Unidos: aquellas personas que no escucharon las advertencias de que lo que se estaba transmitiendo era una obra de fantasía, creyeron ser testigos de una auténtica invasión extra planetaria. Presas de la histeria, salieron a las calles intentando huir de las supuestas naves marcianas, lo que alimentó la sensación de que la invasión era real en quienes encendieron la radio para saber lo que ocurría. Posteriormente se supo que nada de esto fue casual: Welles emitió los avisos que hubieran tranquilizado a la audiencia en momentos clave en los que sabía que la sintonía era menor e imitó el tono y ritmo de las noticias reales que habían sido emitidas cuando el desastre del zeppelín Hindenburg, las cuales había estudiado con sumo cuidado. Su treta se convirtió para la posteridad en un ejemplo típico del poder de los medios de comunicación de masas, pero es solo una anécdota de color a fines de esta nota.

La novela de HG Wells comienza con la llegada a la Tierra de varios meteoritos, ocurrida en junio de 1898. Los asteroides provienen de Marte y resultan ser el vehículo elegido por los habitantes del planeta rojo para llegar hasta el nuestro, en una violenta y planificada operación de conquista. El libro continúa narrando, a través de los ojos del protagonista, cómo la ciencia terrícola tiene poco y nada que hacer ante la mucho mas avanzada tecnología alienígena. Ante el fracaso de los gobiernos, la resistencia toma la forma de una guerra de guerrillas llevada a cabo por los sobrevivientes autoorganizados, pero la auténtica derrota final vendrá de la mano de las «criaturas mas humildes de Dios»: los organismos de los marcianos no son inmunes a los gérmenes locales y será esta falta de resistencia a enfermedades comunes la que acabe con ellos.

LA FICCIÓN DENUNCIA A LA REALIDAD
Siendo un escritor de profundas raíces políticas, Wells utiliza esta, al igual que muchas de sus otras obras, para realizar una feroz e inteligente crítica de la sociedad victoriana, sobre todo las prácticas colonialistas llevadas a cabo por el Imperio Británico y los demás grandes estados de Europa. Así lo reflejan párrafos como el siguiente:
“Antes de juzgarlos (a los marcianos) con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente no tan sólo a especies animales, como el bisonte y el dodo, sino razas humanas culturalmente inferiores. Los tasmanienses, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?”

También utiliza su pluma para burlarse de la supuesta superioridad de los hombres sobre las otras criaturas:
“Con infinita suficiencia iban y venían los hombres por el mundo, ocupándose en sus asuntillos, serenos en la seguridad de su imperio sobre la materia. ¡Es posible que bajo el microscopio obren de igual manera los infusorios!”

Así como denunciar la cobardía y displicencia de sus conciudadanos, con personajes como el Vicario: “En Halliford ya había notado su costumbre de lanzar exclamaciones y su estúpida rigidez mental. Sus interminables monólogos, proferidos entre dientes, impedían todos los esfuerzos que hacía yo por hallar un plan de acción y, a veces, me llevaba hasta el borde de la locura. […] Solía llorar horas enteras y creo que hasta el fin pensó ese niño mimado de la vida que sus débiles lágrimas tenían cierta eficacia”.

Gracias a esto, el trabajo de Wells es sin duda una obra atemporal, que aún hoy (y me atrevo a decir, mañana) sigue estando vigente. La sociedad victoriana ha quedado muy atrás, el Imperio Británico es tan solo el recuerdo de una época nefasta, pero la naturaleza humana poco ha cambiado y el hambre de poder de los gobiernos lejos está de haber disminuido. También en eso Wells ha sido un precursor: sus obras tienen el espíritu de la verdadera ciencia ficción. No buscan solo entretener al lector con relatos de lo que podría ser, sino hacerlo pensar sobre lo que es.


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