Las Iteraciones. Viajar en el tiempo a la Argentina

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por J. Farías

Un poco de historia
Ya hemos comentado en estas mismas páginas que la primera aparición del concepto de viaje en el tiempo en la literatura se debe a la pluma de Enrique Gaspar (1842 – 1902), quién en 1887 publicó El anacronópete. El dispositivo que da nombre a la novela es una caja de hierro impulsada por electricidad que permite a los protagonistas visitar la batalla de Tetuán en 1860, la Granada de 1492, la China del siglo III, la Pompeya del Vesubio, la época del profeta Noé. Aunque fuese el inglés Herbert George Wells quien popularizara la temática con su La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895), el español se le adelantó por nada menos que ocho años.

Sin embargo, los mayores referentes del subgénero son obras originalmente escritas en idioma inglés y no es tarea fácil encontrar historias de viaje en el tiempo en el idioma de Cervantes. La cosa se pone aún más difícil si limitamos la búsqueda a nuestros compatriotas. Podríamos citar La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, en la que unas personas alcanzan la inmortalidad a través de una máquina que los hace revivir el mismo día eternamente. No envejecen, pero tampoco cambian, permaneces detenidos para siempre en el tiempo. En el cuento El mejor día del año, de Angélica Gorodischer, el protagonista visita un planeta cuyos habitantes son conscientes de la existencia de diferentes flujos temporales. En solo 24 horas, vive cinco días en diferentes tiempos: despierta en un hotel tranquilo, atraviesa una guerra civil, convive con cavernícolas. «Lo que en realidad coexiste no es el tiempo» reflexiona «un tiempo, sino las infinitas variantes del tiempo. Por eso los neyiomdavianos de Uunu no hacen nada por modificar el futuro, no hay nada que modificar».

La vieja escuela
En 2019, la editorial Contramar publicó Las Iteraciones, del santafecino Juanjo Conti. Nacido en 1984 en Carlos Pellegrini, Conti es Ingeniero en Sistemas de Información. El universo de la novela es un mundo gris, casi cyberpunk. La tecnología ha hecho posible los viajes en el tiempo y la maquinaria del estado todopoderoso lo ha capitalizado: todos los ciudadanos tienen derecho a sus cinco minutos (literales) de regreso al pasado cercano. Pero a Stix eso no le alcanza. Él quiere ir más lejos y por mas tiempo. Es un programador de la vieja escuela (como el autor y como quien esto escribe), de los que teclean su código, a diferencia de los desarrolladores modernos, a quienes define peyorativamente como «niños que mueven objetos en la pantalla con la mente».

Pero además de añorar las épocas en que su profesión era reconocida, Stix tiene motivos aun mas personales para su viaje. Quiere reencontrarse con Soledad, una compañera de la secundaria de la que estuvo enamorado, declararle sus sentimientos y salvarle la vida. Nada mas y nada menos. Para llevar adelante su aventura, reunirá a un equipo de octogenarios, sus antiguos compañeros y juntos se pondrán manos a la obra. El objetivo es reunir el dinero necesario para comprar «celdas» en el mercado negro, que les permitan a Stix cumplir con su sueño.

Estamos ante una excelente novela de ciencia ficción, con gran vuelo imaginativo, pero también el detallismo técnico imprescindible para hacerla creíble. Y también estamos ante una muy buena historia de amor, que intenta atravesar el tiempo y nos deja pensado si a lo mejor las oportunidades perdidas están allí para recordarla y no para intentar recuperarlas. Después de todo, como reflexionaba el personaje de Gorodischer, en alguna de las muchas variantes temporales el amor habrá triunfado… ¿o no?


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