Relatos de Bar: Ausente presencia

Compartilo en tus redes

por Mariano Sicart | Ilustración: Catalina García

Suelo verlo sentado en la mesa que da a la vereda de calle San Lorenzo, siempre pide un capuchino y se queda una media hora allí, tan callado y anónimo que parece formar parte del paisaje mismo del bar. Los mozos, trabajando a visible desgano, alguna pareja de enamorados tomados de la mano, ancianos que pasan tardes completas tomando café y leyendo el diario, como meros espectadores de una película repetida. Y él.

No sé cuál es su nombre, pero es distinto al resto. Escribe todo el tiempo, y yo trato de adivinar qué. Más de una vez me ha mirado así como al pasar, a lo que yo respondo con una sonrisa discreta. Pero enseguida finge acomodar sus anteojos, da vuelta la cara y vuelve a lo suyo. Es tímido, supongo. Hay gente que no suele ver fijamente a los ojos, pero eso no quiere decir que sean malas personas. El no lo es, según creo. Me pregunto qué escribirá, o porque está tan solo, pero las respuestas que yo misma me doy nunca logran convencerme del todo. Guionista de historietas, tal vez. Quizás sea algún trasnochado estudiante de Periodismo preparando algún artículo, o un poeta esperando a su musa. Aunque también podría ser un músico, buscando inspiración para la letra de una canción. ¿Quién sabe?

Lo verdaderamente importante es que me gusta, mucho. Sí, ya sé que toda la situación en sí misma es muy loca. Nunca cruzamos una palabra, siquiera. De hecho, mis amigas me dicen que ya estoy grande para creer en el amor a primera vista y que tengo que dejar de venir al bar, porque todo este asunto me está haciendo mal. Eso creen ellas. Y puede que tengan razón, incluso. A los veintiséis años, una debería abandonar ese tipo de conductas “adolescentes”. Pero aunque a veces me permita dudar de mi cordura, eso no cambia nada. Sigo viniendo cada jueves a la misma hora que él, para compartir una cita impostergable. Tan fugaz como secreta.

Ahí entra, carpeta en mano, caminando lentamente hacia la barra. Observando mientras tanto, la geografía del lugar, como si corroborara que todo esté en orden. La secuencia habitual, pide lo de siempre al mozo y se dirige a la mesa que da al ventanal. Se sienta. Birome en mano, separa una hoja del block y comienza a escribir en ella. Entonces parece estar en otro lugar, su propio mundo, una presencia tan distante que intriga. El ritual de la escritura se quiebra cuando el mozo le alcanza su capuchino y hace algún comentario de momento, que suele responder con frases casuales, para no distraerse demasiado de sus pensamientos y poder volver pronto a su realidad de la hoja en blanco que lo espera. Como yo.

Su tristeza se parece a la melancolía, y mal que me pese, en algún punto la comparto. ¿Sabrá alguna vez lo mucho que nos parecemos? Difícil. Más de una vez, confieso, lo pensé; pero no me atrevería a hacer algo tan común como acercarme a él con alguna excusa para iniciar el diálogo y ver qué pasa. No es vergüenza, temo que su reacción sea evadir mi compañía. No lo soportaría. Prefiero seguir acá, formando parte de la repetida postal de un local que ha pasado a ser escenario de nuestros días. El sitio donde encuentra la tranquilidad necesaria para imaginar lo que sea que escriba, y yo lo contemplo. Aunque me ignore y no sepa bien cómo explicar la sensación, algo dentro mío me dice que también formo parte de su vida. Como él de la mía. Y este lugar, que ya es nuestro.

Entonces se levanta, dejando un billete y algunas monedas sobre la mesa. Camina hacia afuera. Miro mi reloj sin entender ¿Ya se va? Es muy pronto, no han pasado ni quince minutos desde que llegó. Eso hace que mis ojos vuelvan sobre él con un dejo de curiosidad, intentando develar el motivo de tan repentina partida. Una sensación de extrañeza me invade cuando súbitamente, antes de cerrar la puerta de entrada y perderse entre el gentío que circula por la vereda, me sonríe como nunca lo vi hacerlo. Con una dulzura de la que no lo creí capaz. Que interpreto como una tácita invitación a descubrirlo.
Vuelvo la vista hacia su mesa y para mi sorpresa, encuentro allí, debajo del pocillo del capuchino, la hoja en que estuvo escribiendo. La dejó para mí, seguro. Perpleja, sin poder creerlo, me paro y recorro la distancia hacia su mesa antes que el mozo vaya a limpiarla, sintiendo sobre mi espalda las miradas curiosas de la clientela. No me importa. Muevo el pocillo apresuradamente, alzo el papel y empiezo a leer. Es un cuento, lleva por título Ausente presencia. La oración con la que inicia dice: “Suelo verlo sentado en la mesa que da a la vereda de calle San Lorenzo…”


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